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martes, 31 de octubre de 2017

Benjamin - Haschisch

Benjamin, en una anécdota muy graciosa, escribe sobre la creación de neologismos, usual en la embriaguez de hachís y de otros psicodélicos, también sobre la capacidad de estas drogas de eliminar las protecciones que en estado normal de consciencia nos preservan de la mayoría de estímulos exteriores -la válvula reductora de Huxley, el Ego de Freud-: los psicodélicos permiten un discurso que va más allá de aquél que se posiciona desde un "Yo hablo", como Foucault ya ha mencionado a propósito de la escritura de Blanchot, aquello a lo que Lacan llamó "un discurso que no fuera del semblante". 


Algo para caracterizar la zona de imágenes. Un ejemplo: cuando hablamos a alguien y vemos que el susodicho fuma un puro o va y viene por la habitación, etc., no nos asombramos de que, sin considerar la fuerza que aplicamos para hablarle, tengamos todavía capacidad de seguir sus movimientos. Pero el asunto debiera presentarse muy de otra manera si las imágenes que tenemos ante nosotros al hablar a ese tercero tuviesen su origen en nosotros mismos. Lo cual está naturalmente excluido en el estado habitual de consciencia. Más bien es de suponer que dichas imágenes surgen, que quizá surjan incluso permanentemente, pero que son inconscientes. No así en cambio, en la embriaguez de haschisch. Puede tener lugar, como se probó precisamente esa noche, una producción ni más ni menos que tormentosa de imágenes, independiente de toda otra fijación, de toda orientación de nuestra advertencia. Mientras que en el estado normal las imágenes que surgen libremente, y a las que no prestamos atención alguna, permanecen inconscientes, en el haschisch parece que las imágenes no precisan, para presentarse ante nosotros, de nuestra atención más mínima. Claro que la producción imaginativa puede sacar a la luz cosas tan extraordinarias y de manera tan fugaz y apresurada que, a causa de la belleza y notabilidad de su mundo, no logramos más que atenderlas. Y así, cada palabra de E. que escuchaba -lo formulo ahora desde una cierta destreza para imitar en estado claro las formulaciones del haschisch- me conducía a un largo viaje. No puedo aquí decir mucho más acerca de las imágenes mismas, ya que surgían y desaparecían con una velocidad atroz (y por cierto que todas ellas eran de proporciones bastante pequeñas). Eran esencialmente figurativas. Y a menudo con un fuerte empaque ornamental. Tenían preferencia cosas que poseen de suyo dicho empaque: obras de mampostería o bóvedas o ciertas plantas. Muy al comienzo formé el término "palmeras de punto" para caracterizar de algún modo lo que veía. Palmeras, así me explicaba, con trabajo de malla como el de los jubones. Y luego imágenes enteramente exóticas, ininterpretables, tal y como las conocemos en las pinturas de los surrealistas. Una larga galería de armaduras en las que no había nadie, ninguna cabeza; sino que llamas jugaban en torno a las aberturas del cuello. Mi "decadencia del arte de la repostería" desató en los otros una increíble tormenta de risas. El caso es el siguiente: durante un rato aparecieron ante mí pasteles gigantescos, de tamaño sobrenatural, pasteles tan colosales que sólo podía ver, como si estuviese ante una alta montaña, una parte de ellos. Me explayé con todo detalle en descripciones sobre cómo dichos pasteles eran tan consumados que no resultaba ya necesario comerlos, puesto que saciaban todos los apetitos inmediatamente por los ojos. Y los llamé "pan de ojos". No me acuerdo ya cómo llegué al neologismo aludido. Pero no creo equivocarme al reconstruirlo de este modo: la culpa de la decadencia de la repostería está en que hoy en día hay que comer los pasteles. Procedí análogamente con el café que me dejé servir. Un buen cuarto de hora, si no más, tuve inmóvil en la mano el vaso lleno de café, y declaré que beberlo estaría por debajo de mi dignidad, transformándolo en cierta manera en un cetro. Puede muy bien hablarse de la necesidad que tiene la mano, en el haschisch, de un cetro. Esa embriaguez no fue muy rica en grandes neologismos. Me acuerdo de un "enano-pelele", del que procuré dar a los otros una idea. Más comprensible resulta mi réplica a una expresión cualquiera de G. que acogí con el acostumbrado desprecio sin límites. Y la fórmula de ese desprecio era: "Lo que usted está diciendo, me importa tanto como un tejado en Magdeburgo." 


sábado, 21 de octubre de 2017

Walter Benjamin - Haschisch

Uno de los primeros signos de que el haschisch comienza a hacer efecto "es un sentimiento sordo de sospecha y de congoja; se acerca algo extraño, ineludible..., aparecen imágenes y series de imágenes, recuerdos sumergidos hace tiempo; se hacen presentes escenas y situaciones enteras; provocan interés por de pronto, a ratos goce, y finalmente, si uno no se aparta de todo ello, cansancio y pena. Queda el hombre sorprendido y dominado por todo lo que sucede, incluso por lo que él mismo dice y hace. Su risa, todas sus expresiones choca con él como sucesos exteriores. Alcanza también vivencias que se avecinan a la inspiración, a la iluminación... El espacio se ensancha, se hace escarpado el suelo, se presentan sensaciones atmosféricas: vaho, opacidad, pesadez del aire; los colores, se vuelven más claros, más luminosos; los objetos son más bellos o más toscos y amenazadores... Todo lo cual no se realiza en una evolución continua, sino que lo típico es más bien un cambio ininterrumpido del estado de vigilia al del ensueño, un permanente ser arrojado y zarandeado, que termina por resultar agotador, entre mundos de consciencia enteramente diversos; este hundirse o emerger puede ocurrir en pleno proceso. 


lunes, 9 de octubre de 2017

Walter Rheiner - Kokain


I

La noche comenzaba a aferrarse a los árboles de la avenida y goteaba sobre los hombros de Tobías, cuando éste pasó bajo el murmullo de las ramas. Durante casi dos horas estuvo deambulando de arriba abajo por la avenida.

El reloj (fantasma de bronce en la encrucijada de las calles) marcaba las diez y media. En esta moribunda noche de verano, desbordada en innumerables suaves tonalidades detrás del gris eterno del gigantesco cadáver de la Catedral de la Memoria, Tobías se puso en movimiento: sacudido por una desoladora ansiedad, que no lo abandonaba y que lo torturaba aun más cuando intentaba escapar de ella o cuando creía poder anestesiarla con el ajetreo de la bulliciosa cafetería, esa miserable habitación con sillas de terciopelo rojo en donde se veían clientes imperturbables que gastaban allí sus falsas vidas, personas de feos rostros y muecas socarronas;  una existencia entera de calcomanías coloridas, como aquellas que se les da a los niños. Como hacía con frecuencia, había huido allí de nuevo, frente a la licuefacción del sol de verano, que corría suavemente en el cielo cercano, mientras su ansiedad amenazaba con convertirse en locura.

Y sin embargo, esta ansiedad siempre prevaleció; cuando lo invadía, conseguía hacer odioso cualquier lugar: aquella habitación amueblada y toda la cafetería, los amplios espacios de las calles y las plazas.

Asustado, se fue cuando la noche azul (corriente oscura) ya había terminado de derramarse sobre las cabezas de los transeúntes. La noche había caído por completo. Brillante, el asfalto parpadeaba, cuando, zumbando, un coche acelerado pasó junto a Tobías.

Una música dulce se extendía desde las terrazas de las cafeterías. Ésta arrastraba conversaciones que luego se perdían. Presenció un desfile interminable de damas distinguidas, maquilladas, y caballeros discretos, una circulación continua de personas risueñas en sus coches, la alegre y melancólica canción vespertina de la gran ciudad sombría, que vivía a su manera. 

¿Y él? ¿Sabía cómo vivir? Pero, ¿cómo vivía?

Deslumbrado, se detuvo en el borde de una plaza, un remolino de luz y sonido giró alrededor de él. Sus pensamientos eran breves y violentos.

Ciertamente no una vida de esta clase, hecha de apariencias, a imagen de esos adornos de colores, esos coches radiantes, esas máscaras sonrientes que lo pasan de largo. Pero, ¿cómo vivía? ¿Cómo, entonces, despertarse por la mañana a las diez o las once, en ocasiones hasta mediodía; sólo para levantarse con un profundo disgusto por su habitación, sus libros, sus ropas, su propia persona? La constatación cotidiana de no tener dinero, y esas especulaciones sobre cómo obtenerlo: ¿por la compasión de qué conocidos o qué desconocidos? Y, por la mañana, esa despreciable hambre habitual.

La defensa diaria contra la vieja ama de llaves que le exigía el alquiler. Y luego, la desgraciada partida de esa casa tan repugnante igual que la calle a la que salía, y que irónicamente llevaba el nombre de un ilustre filósofo, del cual había leído alguna vez sus obras y que se le aparecía como un padre blandiendo amenazante una muleta. Y aquella mala conciencia con la que rogaba dinero, en el café o frente a los despachos de los editores que, asombrados, le echaban el humo del tabaco en la cara, para después deshacerse de él. Este vacío en el cerebro, el repugnante resentimiento que residía en él y lo hacía injusto con toda esta gente, vestida con trajes decentes, caras satisfechas y pasos tranquilos. Y entonces: - Entonces llegó la gran maldición, la noche se apoderó de él, trayendo consigo esa ansiedad diabólica, que le hizo girar sobre sí mismo como un trompo. Los pájaros cantaban -y él se enfrentaba inexorablemente con su destino, que se encontraba frente a él sólo para mostrarle con una mano poderosa el camino correcto: ¡Anda allá!

Así que anduvo. Allá, a donde iba todos los días, anteayer, ayer y hoy, sin escapatoria. La muerte vendría más tarde, tal vez la encontraría en el camino, con la esperanza de que fuera el resultado de una casualidad. Así que anduvo.

¡Y ese era: el lugar exacto! Sí, como siempre, se había detenido en el lugar exacto.

Tocó la campanilla de noche de la farmacia. Listo: tocar y esperar.

La luz se encendió, la puerta se abrió y apareció la cabeza calva del farmacéutico.

“Doctor…”

“Bueno, ¿otra vez aquí? ¿No podía haber venido más temprano?”

“Por favor, disculpe, yo quería…”

Pero la cabeza calva había ya desaparecido.

Sí, ¿y qué había pasado? Había luchado, como todas las tardes, y como siempre, había perdido. ¡Un gran encogimiento de hombros dirigido a todo el mundo!

El farmacéutico estaba de regreso: “Tres marcos con cincuenta.”

“No tengo mucho dinero”, murmuró Tobías.

“Bueno”, dijo el farmacéutico. “Lo anotaré de nuevo, ¡pero ten cuidado si no pagas, ya lo sabes!”

“Gracias”, susurró Tobías, y se despidió.

No más tensiones y pensamientos, no más preocupaciones y dudas, ya sostenía en sus manos el eterno veneno, y juntó el pequeño frasco hexagonal contra su pecho como si fuese un rosario sagrado. ¡Ahora él mismo era la vida, y su corazón latía más fuerte que el mundo entero!

En los sanitarios de la cafetería se administró tres inyecciones seguidas, cerró cuidadosamente la botella y luego guardó la jeringa en el bolsillo de sus pantalones.

Ahora se sentía libre y ligero, ¡juguetón como un dios joven! Triunfante, regresó a la cafetería, sonrió a las damas, y frunció el ceño ante los elegantes caballeros. Un sólo gesto y, como Icaro, el efebo divino, flotaba en el techo con una sonrisa, se deslizó sobre el dosel de la terraza y voló en círculos sobre las estrellas resplandecientes.



Conrad Felixmüller: Death of the Poet Walter Rheiner (1925)



Traducción del primer capítulo de la novela Kokain de Walter Rheiner publicada en 1918.
Traducción: Mario Manjarrez

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Hans Fallada y la cocaína

Después tuve la imprudente idea de probar cocaína. Me la había inyectado en dos o tres ocasiones en ocasiones anteriores y de inmediato me pude dar cuenta de lo mortífera que puede ser.

La dulce morfina es un suave deleite que da felicidad a sus adeptos. Pero la cocaína es una bestia roja y desgarradora que te tortura todo el cuerpo, convierte tu mundo en un mundo salvaje, deforme, atroz, y todo lo que obtienes son pocos minutos de una absoluta claridad mental, un tren de pensamientos y una lucidez tan apabullante que es dolorosa.

Aún así, conseguí un poco de cocaína del mesero del restaurante. Terminé de preparar la solución y me inyecté en dos o tres ocasiones en un lapso de tiempo demasiado corto. En aquellos segundos pude ver la completa felicidad de la humanidad. Pude verla detrás de sus falsas máscaras; lo único que sabía es que me encontré en medio de mi habitación y balbucí: “Oh, la dicha, la veo al fin”.

Incluso en el justo momento de finalizar esta frase, comenzó a desaparecer, no sentía ya sus efectos y cada inyección posterior solamente hacía de los efectos secundarios más salvajes, más furiosos, más enloquecidos. Aparecían destellos luminosos frente a mí, cuerpos apilados unos sobre otros, letras que antes había leído en alguna parte aparecían de pronto abriéndose a sí mismas y entonces me daba cuenta que en realidad no eran letras, sino animales. Animales astutos, agitándose y recorriendo páginas enteras, empujándose unos contra los otros, creando extrañas combinaciones de palabras, y yo trataba de capturar su significado con mi mano.


Fragmento del cuento de Hans Fallada Short Treatise on the Joys of Morphinism.
Traducción: Mario Manjarrez


jueves, 8 de diciembre de 2016

La primera experiencia con DMT de Dennis McKenna


La primera vez que usé DMT no fue en Berkeley. Había hecho caso al consejo de Terence de comenzar con psicodélicos más suaves. Lo fumé cuando visité Hubbard Creek en donde hicimos algunos “bioensayos” por primera vez. Fue todo lo que me habían prometido y más que eso. En la segunda fumada, luché para mantener el humo de sabor horrible en mis pulmones mientras veía disolverse toda la realidad frente a mis ojos en millones de brillantes joyas fractales transformándose y retorciéndose como medusas iridiscentes mientras un sonido burbujeante, parecido al de un celofán rasgándose se rompía en fragmentos que resonaban en todo mi ser; había una sensación de desfragmentación, uno sentía estar cayéndose hacia adelante -cada vez más rápido- en una especie de túnel retorcido forrado con joyas brillantes, una montaña rusa supersónica precipitándose hacia los intestinos de Dios. El término “viaje” es un cliché que se le ha dado a la experiencia psicodélica pero en el caso del DMT es muy adecuado. Hubo definitivamente una sensación de movimiento y de haber cruzado un umbral de algún tipo, de haberse asomado por un breve momento a una dimensión paralela en donde existían las cosas más asombrosas imaginables en una frenética atmósfera circense de éxtasis hilarante. Parecía como si esta dimensión hubiera estado siempre ahí, a sólo una fumada de distancia, y estas cosas, estas entidades, estaban por ahí brincando y vitoreando, “qué alegría verte, qué alegría conocerte, gusanillo, bienvenido a nuestro mundo, ¿te unes a la diversión?” El último de los aventones carnavalescos: sube abordo y nos iremos lejos. Richard lo describió como quedarse a la deriva sobre una balsa enjoyada en un océano de electricidad. Pienso que es una descripción preciosa, igual de precisa pero diferente.
…la experiencia es inherentemente inefable; no puede describirse con el lenguaje ordinario, es translingüistica. Cuando los efectos pasan… hay un impulso casi irresistible de tratar de describir la experiencia. Esto comienza casi inmediatamente después del viaje, como si la verbalización fuera un reflejo protector. El DMT es más de lo que la mente puede manejar;  la experiencia es abrumadora, de una desnudez cruda; nos sentimos obligados a intentar de recuperarla en algún tipo de cajón lingüístico y sin embargo, hacerlo es menoscabar la experiencia. Toda descripción, incluso aquellas tan elegantes de Terence, se quedan cortas a lo que es la experiencia real.


De The Brotherhood Of The Screaming Abyss, Dennis McKenna, 2012.


Traducción: M. Manjarrez, Ilustración Farmacológica

viernes, 23 de septiembre de 2016

Difenidina

Difenidina (1-(1,2-difeniletil)piperidina)





La difenidina pertenece a una clase de moléculas orgánicas que comparten una misma estructura química principal: 1,2-diariletilamina. En esta clase de moléculas se encuentran algunas de ellas muy conocidas como lanicemina y lefetamina, por ejemplo, y que son utilizadas para un amplio rango de áreas terapéuticas incluyendo su uso como antidepresivo, antiepiléptico, analgésico, y neuroprotector. Aunque la difenidina fue sintetizada por primera vez en 1924 nunca se utilizó en el área clínica y no existen documentos que demuestran su uso previo en humanos. Fue hasta el año 2013 cuando apareció en el mercado de drogas de diseño, junto a su análogo 2-metoxi-difenidina, como una alternativa a las arilciclohexilaminas (análogos de la ketamina y la fenciclidina que habían aparecido a la venta un año antes) prohibidas en Inglaterra ese mismo año. La difenidina y su análogo MXP aparecieron en este mercado de drogas de diseño por sus efectos disociativos, efectos subjetivos similares a los de la ketamina y el PCP.
En un estudio hecho in vitro realizado a principios del 2016 se demostró que la difenidina actúa como inhibidor de la recaptación de la dopamina y la norepinefrina, además de ser un antagonista selectivo de los receptores NMDA. Es esta última acción la principal responsable de sus efectos subjetivos.
En cuanto a su uso recreativo, las dosis medias suelen ser de 80mg por vía oral, arriba de 100mg aumenta sus propiedades anestésicas. Se desaconseja la vía nasal debido al ardor que provoca. La difenidina afecta menos que otros disociativos la actividad motora en dosis bajas, por lo que usuarios han reportado que es común poder estar de pie o haciendo otra actividad mientras se está bajo sus efectos, sin embargo, es desaconsejable. La difenidina también es consumida por vía intramuscular con dosis a partir de los 20mg y por vía intravenosa con dosis que comienzan desde los 10mg. Los efectos suelen durar de 4-5 horas por vía oral y 1-2 horas por vía intramuscular o intravenosa. Cuando se es inyectada por vía intramuscular, los efectos suelen comenzar pasados los 15 minutos, y lo mismo ocurre cuando es utilizada por vía intravenosa, en ocasiones minutos antes.
Con la difenidina a dosis medias/bajas (0.4 mg/kg vía IM) están ausentes los efectos visuales a ojos abiertos y cerrados, si acaso, se percibe una ligera diplopía, que no tarda en desaparecer. Después de cada aplicación y mientras los primeros efectos comienzan a notarse, hay una euforia muy particular que se extienda durante una hora y se reduce gradualmente en las siguientes dos y un poco más. La euforia viene acompañada de un potente efecto antidepresivo que recuerda un poco aquel de las anfetaminas. También provoca una ligera empatía, muy reflexiva: viejas o nuevas preocupaciones salen a flote y pueden discutirse, se analizan de tal modo -siempre con esa actitud provechosa- que casi se vuelven fáciles de resolver, sin que por esto se les reste importancia. Durante todo este tiempo uno puede sentir una embriaguez característica de otros disociativos como las arilciclohexilaminas, aquella que no abruma ni tampoco amodorra en demasía. Cuando parece que los efectos han desaparecido, uno tiene la sensación de haber concluido una sesión enteogénica de dosis altas, por ejemplo, una con tres gramos de hongos psilocibios secos. Hay fatiga mental, sobre todo emocional, pero también ese sentimiento de renovación e integración. Se siente como si se hubiese llegado satisfactoriamente a la meta de alguna empresa iniciada tiempo atrás. A los días siguientes y, en ocasiones, durante toda la semana, uno puede seguir reflexionando sobre la sesión.

Se han reportado muchos episodios de amnesia en dosis altas. Quisiera destacar sus efectos a las dosis medias aquí presentadas como una posible gran herramienta del tipo psicoanalítica.

Algunas experiencias subjetivas y valoraciones de difenidina:

“Sentía que estaba en una ausencia de la realidad, más que en una realidad alterna, un agujero negro de los sentidos, un estado zen.”

“Si tuviera que catalogarla entre recreativa y terapéutica, lo haría en la segunda; tiene euforia, estimulación, a menudo se tienen experiencias abrumadoras, impresionantes y místicas,  lo más interesante puede ser al final de la experiencia: bienestar, buen ánimo, felicidad y empatía.”

“Aleister  Crowley adoraría esta droga, es el pináculo de los juegos mentales.”

“De pronto estaba en este mundo metálico-luminoso, era el laboratorio del universo y todo era amor y calidez.”



“Perdí todo contacto con el mundo real después de una dosis alta, sentía que moría y no podía hacer nada al respecto, no recuerdo gran parte de la experiencia y sentí gran malestar corporal y ansiedad durante todo el día siguiente”



Difenidina

Difenidina (1-(1,2-difeniletil)piperidina)





La difenidina pertenece a una clase de moléculas orgánicas que comparten una misma estructura química principal: 1,2-diariletilamina. En esta clase de moléculas se encuentran algunas de ellas muy conocidas como lanicemina y lefetamina, por ejemplo, y que son utilizadas para un amplio rango de áreas terapéuticas incluyendo su uso como antidepresivo, antiepiléptico, analgésico, y neuroprotector. Aunque la difenidina fue sintetizada por primera vez en 1924 nunca se utilizó en el área clínica y no existen documentos que demuestran su uso previo en humanos. Fue hasta el año 2013 cuando apareció en el mercado de drogas de diseño, junto a su análogo 2-metoxi-difenidina, como una alternativa a las arilciclohexilaminas (análogos de la ketamina y la fenciclidina que habían aparecido a la venta un año antes) prohibidas en Inglaterra ese mismo año. La difenidina y su análogo MXP aparecieron en este mercado de drogas de diseño por sus efectos disociativos, efectos subjetivos similares a los de la ketamina y el PCP.
En un estudio hecho in vitro realizado a principios del 2016 se demostró que la difenidina actúa como inhibidor de la recaptación de la dopamina y la norepinefrina, además de ser un antagonista selectivo de los receptores NMDA. Es esta última acción la principal responsable de sus efectos subjetivos.
En cuanto a su uso recreativo, las dosis medias suelen ser de 80mg por vía oral, arriba de 100mg aumenta sus propiedades anestésicas. Se desaconseja la vía nasal debido al ardor que provoca. La difenidina afecta menos que otros disociativos la actividad motora en dosis bajas, por lo que usuarios han reportado que es común poder estar de pie o haciendo otra actividad mientras se está bajo sus efectos, sin embargo, es desaconsejable. La difenidina también es consumida por vía intramuscular con dosis a partir de los 20mg y por vía intravenosa con dosis que comienzan desde los 10mg. Los efectos suelen durar de 4-5 horas por vía oral y 1-2 horas por vía intramuscular o intravenosa. Cuando se es inyectada por vía intramuscular, los efectos suelen comenzar pasados los 15 minutos, y lo mismo ocurre cuando es utilizada por vía intravenosa, en ocasiones minutos antes.
Con la difenidina a dosis medias/bajas (0.4 mg/kg vía IM) están ausentes los efectos visuales a ojos abiertos y cerrados, si acaso, se percibe una ligera diplopía, que no tarda en desaparecer. Después de cada aplicación y mientras los primeros efectos comienzan a notarse, hay una euforia muy particular que se extienda durante una hora y se reduce gradualmente en las siguientes dos y un poco más. La euforia viene acompañada de un potente efecto antidepresivo que recuerda un poco aquel de las anfetaminas. También provoca una ligera empatía, muy reflexiva: viejas o nuevas preocupaciones salen a flote y pueden discutirse, se analizan de tal modo -siempre con esa actitud provechosa- que casi se vuelven fáciles de resolver, sin que por esto se les reste importancia. Durante todo este tiempo uno puede sentir una embriaguez característica de otros disociativos como las arilciclohexilaminas, aquella que no abruma ni tampoco amodorra en demasía. Cuando parece que los efectos han desaparecido, uno tiene la sensación de haber concluido una sesión enteogénica de dosis altas, por ejemplo, una con tres gramos de hongos psilocibios secos. Hay fatiga mental, sobre todo emocional, pero también ese sentimiento de renovación e integración. Se siente como si se hubiese llegado satisfactoriamente a la meta de alguna empresa iniciada tiempo atrás. A los días siguientes y, en ocasiones, durante toda la semana, uno puede seguir reflexionando sobre la sesión.

Se han reportado muchos episodios de amnesia en dosis altas. Quisiera destacar sus efectos a las dosis medias aquí presentadas como una posible gran herramienta del tipo psicoanalítica.

Algunas experiencias subjetivas y valoraciones de difenidina:

“Sentía que estaba en una ausencia de la realidad, más que en una realidad alterna, un agujero negro de los sentidos, un estado zen.”

“Si tuviera que catalogarla entre recreativa y terapéutica, lo haría en la segunda; tiene euforia, estimulación, a menudo se tienen experiencias abrumadoras, impresionantes y místicas,  lo más interesante puede ser al final de la experiencia: bienestar, buen ánimo, felicidad y empatía.”

“Aleister  Crowley adoraría esta droga, es el pináculo de los juegos mentales.”

“De pronto estaba en este mundo metálico-luminoso, era el laboratorio del universo y todo era amor y calidez.”



“Perdí todo contacto con el mundo real después de una dosis alta, sentía que moría y no podía hacer nada al respecto, no recuerdo gran parte de la experiencia y sentí gran malestar corporal y ansiedad durante todo el día siguiente”